Wednesday, June 4, 2008

CAPITULO 1


Lo odiaba con todas sus fuerzas, con toda su alma. Sabia que era un odio patologico, irreparable, incontenible, peligroso, y sabia que ese odio terminaria llevandolo a la violencia en algun momento. La unica incognita era cuando y donde.
Llevaba planeandolo desde los 8 años, cuando su padrastro le pusiera las manos encima por primera vez. Ese dia solo lo habia golpeado brutalmente, en reprimenda por negarse a alcanzarle otra botella de vino. Ya habia tomado mucho y dudaba de que pudiera mantenerse en pie. La reaccion a su negativa fue tan violenta como inesperada: de un cachetazo lo tiró de su silla al piso, y ahi lo pateó en la espalda con la punta de sus zapatos. Eduardo sintió las puntadas en su riñon derecho y su conciencia se nubló de dolor por unos segundos. Dolor, confusion, sorpresa, odio, peplejidad, todas emociones que se entremezclaron en ese momento, en ese instante crucial de su vida; habia descubierto penosamente que su padrastro no era el ser que aparentaba.
Se habia casado con su madre hacía un año. Inicialmente Eduardo y sus hermanos lo aceptaron de buen grado. Pensaron que ayudaría a restablecer la felicidad de su madre, devastada por la muerte de su marido y padre de los niños, ocurrida 3 años antes, pero de la cual todavía no terminaba de recuperarse.
Había conocido a Atilio en una reunion de trabajo. Atilio era un abogado que trabajaba para la misma empresa que Agustina, la madre de Eduardo. Era una empresa grande, con muchos empleados. A Atilio le gustó desde el primer momento, pero su condición de casada le impidió cualquier movida, hasta que su viudez le dio la chance. Buen mozo, inteligente, entrador, y en apariencias un hombre integro. Aun así, le costó un buen tiempo conquistar el corazón de Agustina, envuelto en tristeza y deseperanza desde la muerte del amor de su vida.
Pero la persistencia de Atilio eventualmente rindió su frutos. Pensó que era un buen hombre, que sería un buen compañero, y por sobre todas las cosas un buen padre que llenara el vacio de sus hijos y se convirtiera en una guia y apoyo. No se había enamorado de él, eso jamás le volvería a ocurrir, pero si sentía una atracción tanto física como mental por Atilio y eso era un buen comienzo para una relación seria, y que finalmente terminó en el casamiento.
Pero la felicidad inicial de toda la familia fue cediendo gradualmente al ir descubriendo la verdadera personalidad de Atilio. Poco a poco fue revelando sus facetas negras, su caracter irascible, su impaciencia, su alcoholismo, su egocentrismo, su total indiferencia por el bienestar de los niños, y lo peor, sus abusos. Comenzaron los maltratos hacia Agustina primero, y luego hacia los chicos. Eduardo era el menor de 3 hermanos, por lo cual fue el que mas sufrió el impacto, no solo psicologicamente, sino fisicamente. Sus 8 años de edad le impedían defenderse adecuadamente. Sus hermanos de 13 y 15 años eran mas dificiles de controlar, aunque también sufrieron la violencia de Atilio
Las golpizas se hicieron cada vez mas frecuentes, y con excusas cada vez mas triviales. Era evidente que la situación no mejoraria, que esto no era algo pasajero, sino todo lo contrario, tendía a empeorar. Y finalmente una noche, lo peor. Eduardo compartía el cuarto con uno de sus hermanos, mientras que el mayor tenía su propia habitacion. Atilio entró sigilosamente al cuarto, aprovechando que su hermano se habia quedado a dormir en lo de los primos. Comenzó a tocarlo y a acariciarlo por todo el cuerpo, destilando alcohol con cada respiración. Eduardo se despertó confundido, y quedó petrificado ante la escena. No entendía un ápice de lo que sucedía. No atinó a hacer nada, no podia, solo actuar como un espectador pasivo, horrorizado, sometido. Esa noche su vida cambió, su niñez terminó abruptamente, y su inocencia robada por este personaje. Este personaje infrahumano que sembró esa semilla de odio en su inconciente primero, pero que no tardó mucho en hacerse un sentimiento conciente, un sentimiento que guiaría la voluntad de Eduardo hacia un plan de venganza y justicia. Esa misma noche, esa noche de vejación, de abuso, de tortura. Esa noche se pusieron en marcha los mecansimos que llevarían a Eduardo a elucubrar y pleanear la forma de castigar a este hombre repugante, este ser malvado que no merecía vivir en esta tierra, y menos compartir el mismo techo que su familia.
Pero antes debería sufrirlo y tolerarlo durante mas de 1 año, en silencio, solo, temeroso de reveler a sus hermanos y a su madre semejante aberración. Un año de infierno, de odio creciente y reprimido, un via cruces demasiado grande para un niño de 8 años.
Afortunadamente, o desgraciadamente, su infierno terminó abruptamente. Afortunadamente porque terminó, desgraciadamente porque tuvo que pasar 1 año. Era una noche calurosa y Eduardo se encontraba en la terraza de la casa, sentado en una parecita y disfrutando la brisa nocturna, que alivianaba un poco el calor. Atilio llegó sorpresivamente, algo alcoholizado pero logrando manterner la compostura. Eduardo comprendió sus intenciones al instante, esa mirada y esos gestos eran inconfundibles a esta altura, y una vez mas le provocaron esa sensacion de nauseas y de estomago revuelto que siempre había sufrido desde aquella fatídica noche. Atilio comenzó a hacer lo suyo, pero un ruido de escaleras lo dejó inmovil. Alguien estaba subiendo a la terraza, pero para cuando Atilio se dio cuenta ya era tarde. Sus pantalones estaban a sus pies y Eduardo tenía esa mirada de terror en sus ojos. La situación era inequívoca. Carlos, el tio de Eduardo, estaba parado en el umbral de la puerta, observando la escena con ojos de incredulidad, con un gesto de sorpresa que rapidamente se fue transformando en ira. “Que pasa Atilio?” gritó con su vozarron. Eduardo corrió y se abrazó a su tio, con un llanto desconsolado.
“Tranquilo hijo” lo consoló Carlos. “Es lo que yo pienso?” atinó a preguntarle. Eduardo solo asintió timidamente con la cabeza.
El horror comenzó a dibujarse en la cara de Atilio al comprender la gravedad de la situación y de la reacción violenta que seguiría. Carlos era un hombre corpulento, y en buen estado físico. El castigo fue terrible, lo golpeó en cada rincón del cuerpo que pudiera doler. Atilio no era rival y menos para la furia de este hombre. Varias costillas y un brazo quebrado, amen de hematomas esparcidos por todo su cuerpo fue el resultado de un castigo tremendo. Terminó tirado casi inconciente en el suelo de la terraza.
Para este momento el resto de la familia habia subido a ver que pasaba. Contemplaron boquiabiertos la escena, con sus cerebros barajando pensamientos diversos a la velocidad de la luz. “El tio Carlos se volvió loco” podria haber sido el resumen simplificado. Pero al ver a Eduardo y su cara de horror y llanto, comprendieron que algo estaba mal, terriblemente mal.
“Llamen a una ambulancia” ordenó Carlos. Cargo el cuerpo casi flaccido de Atilio y lo llevó abajo, depositandolo en el piso del living. Estaban en una reunion familiar celebrando el cumpleaños de Nicolás, el hermano mayor de Eduardo. Y pasó a explicarles la situación con la que se había encontrado en la terraza. Lo escucharon con caras de horror e indignación, incredulidad, revulsion. Agustina aferró a Eduardo, envolviendolo con sus brazos, ambos con lágrimas en los ojos. Le preguntó cuantro hacía que esto ocurría y Eduardo les contó escuetamente. No le hicieron mas preguntas ni entraron en detalles. No querían que el pobre chico reviviera su sufrimiento a esta altura.
La ambulancia llegó y se llevó a Atilio. Le explicaron al doctor que habia rodado por la escalera, les hizo algunas preguntas y lo cargó en la ambulancia con la celeridad del caso.
Carlos los siguió en su auto. En el hospital sometieron a Atilio a los examenes correspondientes, radiografias, tomografias, análisis de sangre y demas, y luego de unas horas le informaron a Carlos que ya estaba estabilizado y que lo dejarian internado un par de dias. Lo dejaron pasar a verlo. Ya estaba despierto, aunque ahora bajo los efectos de los sedantes y analgésicos. Entró rapidamente y solo permaneció unos minutos, lo suficiente para decirle que se mantuviera alejado de su hermana y de sus hijos. Le dijo que ya lo llamaría para preguntarle donde enviarle sus pertenencias que el mismo se encargaría de sacar de la casa. Atilio lo escuchó con una expresion indiferente. Cuando se estaba por ir le dijo: “Mejor que te consigas un buen abogado Carlos, esto no va a quedar asi”
“Creo que el abogado lo vas a necesitar vos, vamos a ver la forma de asegurarnos de que termines en la carcel, y no puedas molestar a nadie mas”
“Lo veo dificil, no tienen pruebas de nada”, respondió Atilio en tono burlón.
“Bueno, ya veremos, mientras tanto te recomiendo que ni te acerques a mi familia, si te llego a ver te juro que te mato”, le dijo Carlos con vos de furia, tratando de contenerse para evitar ser escuchado.
Si hubiera sido por el, Atilio ya estaría muerto. Amaba a su hermana y a sus sobrinos, y habían mantenido una familia muy unida, solidaria, y había suplido en cierta forma el rol de su cuñado muerto. Por eso sentía cierto grado de culpa por no haber notado la situación a tiempo.
Mientras tanto en la casa todo era consternación. Agustina no dejaba de lamentarse, pero Eduardo ya se habia calmado e intentaba consolar a su madre. La familia se fue retirando de a poco, encomendando a Agustina que llamara enseguida ante cualquier problema o si necesitara alguna ayuda.
El tio Carlos decidió quedarse a dormir con ellos esa noche. Su mujer y sus hijos no pusieron reparos. Sus hijos ya eran grandes, de 19 y 21 años, y se ofrecieron a hacer lo propio para las noches siguiente si fuera necesario.
Las emociones de esa noche los habia dejado traumados, por lo que a todos les costó conciliar el sueño. Sobre todo a Eduardo…quien en realidad no pegó un ojo en toda la noche. Sentía una sensación de liberación, liberado de la peor pesadilla vivida en su corta vida, pero a la vez una tristeza profunda de ver nuevamente su hogar y su ilusión de una familia feliz evaporarse repentinamente. En el fondo, había tenido la esperanza de que todo lo que había vivido en los últimos meses desapareciera como por arte de magia.
Agustina y Carlos se quedaron en la cocina tomando un café y charlando de las horas vividas y de los pasos a seguir. Agustina estaba desgarrada, desorientada, shockeada, como no cabía otra reacción ante semejante revelación, ante semejante sufrimiento, y con el agravante de que todo había pasado bajo sus narices. Carlos intentó calmarla, pero sabía que el proceso sería largo y sinuoso y salpicado por momentos terribles.
Decidieron irse a dormir y dejar los planes de los pasos a seguir para la mañana siguiente, con el juico mas calmo y la mente mas fresca.

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